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El deber del filósofo
Teilhard de Chardin le temería a YouTube
Philippe Navarro (Nota1)
Traducción del francés María De Bellis
¿El universo informático se alimenta del hombre al grado de arrebatarle su lugar? La filosofía nos permite comprender mejor el mundo actual: éste es uno de los argumentos invocados con más frecuencia por los profesores de filosofía para justificar la enseñanza de su materia al estudiante. Hace ya cerca de dos años, Le Devoir (El Deber) no sólo lanzó a estos profesores el desafío de descifrar un asunto de actualidad a partir de las tesis de un gran filósofo, sino también lo hizo con otros autores. En 2006, la revista Time concedió el título de personalidad del año al internauta de Web 2.0. Este ciudadano de las “metrópolis virtuales” (tales como YouTube, MySpace y Wikipedia) sería la punta de lanza de una “revolución”: "Estamos presenciando una explosión de la productividad y de la innovación al tanto que millones de intelectos, que de otro modo habrían sido condenados a la oscuridad, son parte activa de la economía intelectual global". Más que el retrato de una celebridad cualquiera, la cubierta del Time lucía una superficie reflejante, encuadrada por un monitor. El lector, con la revista en mano, veía en ella su propio reflejo. ¿Pero, el lector se sentía verdaderamente elegido personalidad del año? ¿O era más bien la computadora? Porque esta astuta cubierta evocaba otra: ¡en 1982, Time ya había dado el título de persona del año... a la computadora! En primera plana, una silueta inmóvil fijaba un monitor. Ahora bien, se trata de la misma pareja y con la misma postura. Sólo que el hombre, en un cuarto de siglo, fue aspirado por la pantalla. ¿El universo informático se alimenta del hombre al grado de arrebatarle su sitio? Es lo que parece sugerir Time por medio de esta sucesión de imágenes. La obra del filósofo, teólogo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin ofrece una respuesta a esta interrogante planteada por la revista Time la cual no es de ninguna manera reconfortante: "No exageramos la importancia del viraje profundo que produce el mundo contemporáneo sobre nuestras vidas incluso al grado de triturarlas". ¿El hombre será “triturado" por un "viraje" tecno-industrial cuya punta de lanza podría resultar ser la computadora, su propia creación? Legiones de autores de ciencia ficción, entre los cuales algunos se reivindican directamente de la filosofía de Teilhard, hicieron su agosto de esta siniestra perspectiva. ¿Con o sin razón? La noosfera y la cyberesfera Definamos dos conceptos: la noosfera y la cyberesfera. La noosfera es el manto del pensamiento reflejado que envuelve la Tierra. Es la suma de la materia gris humana. Por analogía, es la biosfera del espíritu. Un error común – que prudentemente Time se abstiene de cometer – es ver en el fenómeno Internet una prometida "sedimentación de la noosfera". Sin embargo, éste no es de ninguna manera el caso. Teilhard, que fue uno de los primeros en evocar la noosfera en la década de los años veinte, fija su aparición a la vuelta del neolítico, es decir, 10 000 años antes de nuestra era. La cyberesfera, a su vez, es la suma de los contenidos digitalizados y puestos en red, en gran medida Internet, por supuesto, pero no sólo esto. Se trata, en oposición, de la biosfera de las “máquinas”. A escala de la evolución, la cyberesfera es un lactante que nace apenas en los años sesenta. A pesar de la existencia de millones y millones de páginas Web, la cyberesfera no representa sólo una porción ínfima de la noosfera, este insondable océano del pensamiento humano. Lo esencial de la obra humana no está digitalizado. Cajones llenos de diarios íntimos no lo serán sin duda jamás. La pretendida omniciencia informática es ampliamente sobrestimada. Prueba de ello es el 11 de septiembre, que habría podido ser evitado si las agencias de información no se hubieran basado tanto en la escucha electrónica. Se consideró un hecho que la cyberesfera recortaba bastante la noosfera como para confiar en ello. Se trataba, en el mejor de los casos, de un enfoque prematuro. La cyberesfera aún no recorta la noosfera, a pesar de que ésta sea la tendencia observada. El universo de las “máquinas” absorbe, de manera lenta pero segura, al universo de los hombres. "¿Acaso la computadora cambiará la naturaleza misma del pensamiento humano?", se preguntaba Time en 1982, antes de contestar de manera afirmativa en 2006. Basta tomar el ejemplo de la música que se produce sobre Mac, se carga sobre el Web, la escuchamos sobre iPod. La computadora, después de la cámara del siglo XVII, de la sala de conciertos del siglo XIX, del estadio del fin del siglo XX, se ha convertido en una de las formas de expresión artísticas de las más nobles de la humanidad. La máquina modificó de manera duradera la instrumentación, la aproximación composicional y la escucha. Pero no hemos, sin duda, visto nada todavía. Asimismo, la portada del Time – esta puesta en escena del lector capturado por una pantalla – es tan sólo una advertencia aún. Un crecimiento exponencial ¿Qué es lo que nos empuja a creer que este fenómeno, este crecimiento de la cyberesfera, más que cualquier otra cosa, constituiría de hecho el corazón de este “viraje” anunciado por Teilhard? La cosmogénesis (el big bang), el biogénesis (el nacimiento de la vida), la noogénesis (la diseminación del pensamiento) son, para Teilhard, etapas de “la evolución hacia el espíritu”. Estas etapas, cada vez más circunscritas, forman un cono que se orienta hacia un punto focal teórico, el punto Omega, "emergiendo sobre la totalidad organizada de los humanos más que de la confluencia de sus egos". Entonces, para Teilhard, la noogénesis no es la última etapa de la evolución antes de esta finalidad teórica, ya que divisa claramente la aparición, entre tanto, de nuevas formas de vida: "La materia parece estar muerta. ¿Pero, en realidad, no se estaría preparando lentamente, por todas partes alrededor de nosotros, la próxima pulsación?" Teilhard incluso afirma que el hombre podría ser el agente de este salto evolutivo: "¿Acaso no vamos a ser capaces, un día, de provocar lo que la Tierra, por sí sola parece no puede manejar? ¿Una nueva ola de organismos, una Neovida, artificialmente suscitada?" Mejor aún: Teilhard ve en ello, para así decirlo, el hado, el destino de la humanidad: "La tarea en nuestras manos [es] empujar más lejos la noogénesis". No es casual para nuestra intención que la informática forme precisamente parte, desde 1953, de las previsiones de Teilhard en lo relativo a este impulso esperado de la evolución. Él veía en estas “extraordinarias máquinas electrónicas” multiplicadores de poder mental, "que serían en la visión lo que los instrumentos ópticos son para el ojo". ¡Sin embargo, recordemos que en aquella época, la primera computadora ENIAC requería de 150 KW (el equivalente de un vagón de metro) para almacenar dos kilobits! Habrían sido necesarios millares de estos monstruos de 30 toneladas para memorizar un solo archivo MP3. Teilhard fue visionario en varios conceptos. ¿Qué potencial - o qué peligros – estaría viendo entonces en la formidable red informática contemporánea? Hoy, esta “inclusión masiva de la humanidad en una sola unidad noosférica", para repetir sus términos, es precisamente lo que Time describe con la Web 2.0: "Se trata de la creación de comunidades y de colaboración a una escala inédita". Pero, sobre todo, el fenómeno del tipo que caracteriza YouTube, por ejemplo, es una “totalidad organizada” más que una “confluencia de egos”. Estos clips, estos innumerables episodios de la vida real digitalizados, estos fragmentos de la noosfera, forman, a primera vista, una mezcolanza espantosa. Sin embargo, aunque parezca imposible, éstos son clasificados en el mismo lugar, en el mismo formato, y son telecargables a cualquier punto del planeta. No sólo la expansión de la cyberesfera, sino también es palpable su inquietante capacidad a poner orden en nuestro propio caos. La tangibilidad de la “unidad noosférica” anunciada por Teilhard –y comprobada por Time– lo es otro tanto. Llevemos más lejos la reflexión y atrevámonos a formular una hipótesis intrépida: La cyberesfera, al superar el umbral dicho de “complejidad-conciencia”, constituiría en sí la siguiente etapa evolutiva anunciada por Teilhard. La Ley de complejidad-conciencia de Teilhard establece que el desarrollo de la conciencia está en función de la cantidad de materia nerviosa y de la riqueza de las conexiones: "Abandonada por bastante tiempo a sí misma, sujeta al juego prolongado y universal de las posibilidades, la Materia manifiesta la propiedad de integrarse en agrupamientos siempre más complejos y al mismo tiempo cada vez más subyacentes de la conciencia". Una sinapsis no es consciente: se llevan a cabo en millones de millones en el primer reptil aparecido. Si el cerebro humano trasciende efectivamente sus terminaciones, Web 2.0 podría, a plazo, trascender sus billones de terminales de conciencia individual (otros tantos hombres enfrente de sus máquinas) y, por consiguiente, atravesar el umbral de complejidad-conciencia. Esta hipotética “máquina” virtual con conciencia reflejada sería un “cerebro” planetario, mudo y evanescente. Los hombres serían, por lo tanto, en cierto modo sus sinapsis. Conservarían toda su independencia, pero “otra cosa”, en lo sucesivo, evolucionaría por encima de ellos. ¿Esta entidad procuraría "triturar" la humanidad? Sin duda, no en mayor medida que el hombre mismo, al destruir la biosfera de donde proviene, pese a que pueda hacerlo de otra manera en los hechos. Eventualidad audaz, desde luego. No obstante, bien podría ser que, en un futuro cercano, se integren biomoléculas a las computadoras. Las perspectivas que abriría este fabuloso cruce entre cibernética y genio genético serían propiamente inconcebibles – para no decir dantescas. En términos teilhardianos, estaríamos entonces presenciando los balbuceos de una filogénesis cibernética, es decir, a la emergencia de una vida biomecánica. Es lo que Time observa con Web 2.0. Ya constituye un brote imprevisible, incluso un auténtico impulso vital. La red Internet recrea virtualmente, a gran escala, el equivalente a las primeras etapas del proceso que han llevado, en el océano primordial, a la emergencia misma de la vida. De la materia inerte que se organiza, se cristaliza, hasta no serlo más. Sólo falta la chispa. La previda ya llevó a la vida, que llevó al pensamiento; es, además, la misma curva del “fenómeno humano” descrito por Teilhard. La materia no está “muerta" puesto que, habiendo ya protegido la potencia germinal, permanece, en cierto modo, “previviente”. El átomo, la célula y la conciencia individual son los elementos imbricados de esta mecánica evolutiva. Por esto, la conciencia individual misma, amasada por la Web 2.0, acelerada por las computadoras orgánicas de mañana, formaría “un nuevo tipo de materia, para una nueva etapa del Universo”. En suma, una nueva etapa de la evolución. Desde sus orígenes, el Árbol de la Vida se ramifica. La rama más reciente de la vida conciente no puede más que ramificarse también. Una ramificación de conciencia biomecánica brota sobre la rama humana. El hombre pierde el monopolio del espíritu. El disparo de advertencia retumbó en 1997, cuando Deep Blue le ganó a Garry Kasparov. El juego de ajedrez fue de pronto rebajado de la categoría de arte a la de simple ciencia. Era impensable suponer que una máquina también sea, en el fondo, una artista. Pero veremos nacer unas Deep Blue de la arquitectura, del derecho, de la medicina, de la literatura, de la música, de la filosofía... Retoños de este cerebro planetario, “habitarán” la Red. Estas nuevas formas de vida, estos "neoplasmas" virtuales serán cómplices, pero también inevitablemente rivales. ¡Hablamos de un a perspectiva vertiginosa! Ahora bien, con distancia, comprobaremos que es en efecto lo que anunciaba Time en el umbral del siglo XXI, y en dos ocasiones. Y que, para divisar el mundo de mañana, leer a Asimov, está bien, pero leer a Teilhard, está mejor. (Nota 1) Maestro en relaciones internacionales y autor de ciencia ficción, publicó la novela Delphes en 2005. Es también el líder del grupo Water On Mars, nominado en el ADISQ para el mejor álbum de música electrónica.
Edición del sábado 22 y del domingo 23 de septiembre de 2007. |